DOS CUIDADES

 

Los católicos no pretendemos

 

que todos nos entiendan ni que acepten nuestro modo de vida; sufrimos incomprensiones lógicas y opiniones contrarias a lo que somos verdaderamente. Entiendo que es lo que le sucede a otros muchos grupos o «colectivos» en una sociedad plural, aunque parece que está de moda arremeter contra la Iglesia Católica porque no nos adecuamos a lo política o socialmente correcto. Sin embargo, merecemos respeto o aceptación de que seamos como somos. Lo digo porque conocemos acciones perpetradas contra templos católicos que no se explican como intentos de robos: me refiero a llevarse el sagrario y dejarlo tirado en un descampado, o a romper imágenes sin saber por qué o destrozar escaparates de librerías sólo por estar dedicados éstos a Juan Pablo II; otras manifestaciones de intolerancia hacia lo católico se dan en España que sus autores no se atreverían a emitirlas contra el Islam. Menos mal que no hay entre nosotros ataques a cristianos con víctimas mortales como otros lugares del mundo. ¿Tenemos derecho a expresarnos y practicar nuestra religión sin tener que ser agredidos? Por supuesto que sí, y no sería bueno para nuestra sociedad que se subieran más peldaños en la escala de estas acciones que la mayoría de españoles reprueba. Otra cuestión son las afirmaciones dogmáticas de algún político que desdeña a la, según él, privilegiada Iglesia. Cierto coordinador federal de una corriente política conocida ha propuesto que los 10.000 millones de euros que, también según él, recibe la Iglesia a través de la «X» en declaración de la renta, se destinen a la creación de empleo. ¡Loable propuesta! Pero basada en un desconocimiento, por no decir en una mentira. ¿De dónde saldrá esa cifra? Debería pensar ese dirigente político que, mucho de ese dinero que él falsamente dice que recibe la Iglesia (los obispos) lo reciben realidades católicas y que gran parte de ese dinero proviene de los impuestos que pagan los fieles católicos que, gracias a Dios, son el mayor porcentaje de habitantes en España. Estoy pensando en el dinero para escuelas Concertadas, profesores de religión, hospitales, templos y patrimonio que generan riqueza en la sociedad. Por ejemplo, Caritas Española atiende anualmente, a través de su programa de empleo para los más desfavorecidos, a más de cien mil personas, de las cuales muchas encuentran trabajo tras recibir ayuda de esta institución católica. ¿A cuántas personas ayuda su grupo político a encontrar empleo? Puestos a dar cifras, ahí está una real: los 30.000 millones de euros que la labor asistencial de la Iglesia Católica ahorra al Estado, según un estudio reciente.

Eso significa que ese dinero y otros muchos millones que gasta la Iglesia en atención primaria u otro tipo de servicios, si tuviera que pagarlos el Estado, significaría una presión fiscal que, al caer sobre los impuestos de los Españoles, subiría algún punto más del que hoy cobra la Hacienda Pública. ¡Qué ocasión para haberse callado semejante ocurrencia o salida de tono!

Pero nosotros, que no despreciamos las realidades terrenas, sí invitamos a no olvidarse de este mundo de sufrimientos, de injusticia, de pecados, y no pensamos en el «cielo» como una especie de alienación.

Lean ustedes Col 3, 1-14 y verán cómo san Pablo está bien lejos de invitar a los cristianos, a cada uno de nosotros, a evadirse del mundo en el que Dios nos ha puesto. Queremos no sólo transformarnos a nosotros mismos con la gracia de la Pascua, sino transformar el mundo, para darle a la ciudad terrena un rostro nuevo que favorezca el desarrollo del hombre y de la sociedad según la lógica de la solidaridad, de la bondad, en el profundo respeto de la dignidad de cada uno. No olvidamos que, tras las elecciones locales y autonómicas, los problemas humanos van a seguir: no son lo que tanta propaganda electoral nos prometen solucionar y después no es tal.

  

BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA

 Primado de España

Arzobispo de Toledo

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